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De todas las fuerzas
de la naturaleza, la más peligrosa, la más dañina, la más destructora
e imprevisible es el odio entre los seres humanos, resguardado y escudado
en el fundamentalismo y la intolerancia; que en su forma más primaria,
se alimenta del resentimiento y la negación a la reflexión, el diálogo,
el contraste de las ideas.
Luego, como una terrible catástrofe, como una epidemia desvastadora; produce
desiertos, contamina el medio ambiente, desata tormentas de fuego y arrasa
todo lo que encuentra a su paso.
La crueldad, se opone a la desesperanza; la ambición se refleja en la
pobreza; la libertad se niega desde las constituciones y las leyes; la
paz es un ideal nunca alcanzado.
Pero aún así, el fuego inconsciente de la locura extrema no puede purificar
de ninguna manera los indomables jinetes del apocalipsis moderno (globalización,
exclusión, desamparo, esclavitud, intolerancia, arbitrariedad, ambición
desmedida).
El World Trade Center ya es historia. Pero la historia que comienza hoy
es imprevisible, atemorizante, desoladora.
No quiero vivir otro Hiroshima. No quiero el ojo por ojo, como tampoco
creo en ofrecer la otra mejilla.
Quiero alzar la vista al cieloy pensar en la inteligencia de los dirigentes,
mirar tranquilo en derredor y, firme el mundo bajo mis piés, sentir la
brisa fresca de la solidaridad.
Quiero vivir una historia diferente, distinta, pero huerfana de víctimas
inocentes, de presiones económicas, de poderes omnímodos, de represalias
inconducentes, que alimenten el viento del huracán de odio que estalló
en el mundo la mañana del 11 de setiembre de 2001.
Daniel Migone
Setiembre de 2001
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